5 mayo 2014 · Prensa

Romper con la exclusión

“Las estadísticas indican que quienes nacen en contextos de pobreza tienen menos oportunidades de mejorar su calidad de vida; historias valiosas de quienes buscan salir adelante. El testimonio de una graduada de Forge: Agustina Pirez.” Diario La Nación

Por Micaela Urdinez | LA NACION

Foto: Gustavo Bosco

Foto: Gustavo Bosco

En un momento en el que el Gobierno intenta tapar las millones de caras de la pobreza, se torna fundamental llevar el foco de la discusión a cómo romper con el círculo de la exclusión que lleva a tantas familias a vivir sin sueños de mejora y a conformarse con un porvenir precario.

Porque no estamos hablando sólo de la situación en la que pasan los días demasiados argentinos, sino también de hipotecar el futuro de todos los niños y jóvenes que aún hoy no tienen sus necesidades básicas satisfechas.

Como bien señala Unicef, el ciclo de la pobreza no se agota en el transcurso de la vida de una sola persona. Una niña que nazca en condiciones de pobreza tendrá más probabilidades de casarse y tener hijos cuando todavía sea adolescente. Una niña desnutrida será una madre desnutrida, que dará a luz hijos con bajo peso al nacer. Y al igual que sus padres, los niños pobres tenderán a legar su pobreza a la generación siguiente.

“Las personas en situación de pobreza estructural en la Argentina tienen tres características centrales: 1) no tienen lo mínimo, es decir no tienen piso de material o las condiciones mínimas de vivienda o servicios; 2) se trata de una pobreza intergeneracional, alguien es pobre y sus padres y sus abuelos también han sido pobres, y 3) se trata de una parte de la población que no está entrando al mundo del trabajo, que no tiene movilidad ascendente. En nuestro país han crecido los planes y programas sociales para la población más vulnerables, pero lo estructural radica en que es un sector que no está logrando salir del círculo de la pobreza e incluirse en el mundo del trabajo”, sostiene Daniel Arroyo, ex ministro de Desarrollo Social.

¿Qué hacer entonces para darle a estas personas que se mueven en los confines de la informalidad, las herramientas que necesitan para poder pegar el salto?

Carmen Ojeda tiene un solo objetivo: salir de la villa. Y lo dice entre sollozos y lágrimas ante la angustia que le genera sentir, que en cualquier momento, puede perder a uno de sus hijos. “Vivir en la villa es muy difícil. Matan a los chicos en la calle, se vende droga. Yo le doy las gracias a Dios que mis hijos salieron buenos y estudiosos, que no tienen vicios. Por eso sueño con el momento en el que podamos salir de la villa. Yo ando con el Jesús en la boca porque los chicos vuelven a la madrugada de la Facultad. Yo no me acuesto hasta que no llegan. Mi temor es la inseguridad. A veces te da bronca porque la gente no quiere entrar a la villa, te discriminan”, dice Carmen, que hace 29 años se vino de Paraguay para buscar un futuro mejor y se instaló en el barrio Fátima, de Villa Soldati, en donde vive junto a su marido y sus 4 hijos. La más grande, de 31, vive en el piso de arriba junto a su familia (5 hijos).

Carmen siempre tuvo que trabajar para aportar a los gastos de la casa: primero lo hizo como empleada doméstica y hace 20 años empezó a vender chipás y comida paraguaya en el barrio. Su marido es albañil, sus dos hijas más grandes son madres y amas de casa, y sus dos hijos menores están estudiando en la UTN: el más chico para ser ingeniero y el otro para poder ser docente en una escuela técnica. “Mi sueño siempre fue que mis hijos estudiaran para llegar a ser alguien en la vida. Estoy orgullosa de que el más grande está por terminar este año. Él también es proyectista, hace planos y es el que me ayuda con los gastos de la casa”, agrega Carmen.

En 2012 conoció, gracias a su sobrina, a la Asociación Civil Avanzar, una organización social que brinda microcréditos a personas de bajos recursos para que puedan llevar adelante o mejorar sus emprendimientos. Así fue como Carmen consiguió tener un crecimiento cualitativo en su negocio y hoy ser la responsable del 50% del ingreso familiar (cerca de $ 4000 por mes).

Actualmente, es la proveedora principal del barrio de almidón, harina de maíz, fécula de mandioca, queso y grasa de cerdo. La gente se acerca a comprar a su casa estos productos que utiliza para cocinar. En fechas especiales; también cocina chipás y sopa. El primer crédito fue de $ 1500 y el último (va por el quinto), de $ 7500. Los créditos son individuales y los devuelve cada 15 días.

“Antes traía mercadería de a poquito, me iba a comprar en colectivo y ahora ya tengo un proveedor de Barracas que me trae todo a mi casa. Hoy voy a buscar la grasa (100 kilos) a Liniers. Tenemos muchos gastos en la casa y si bien no pagamos ni luz ni agua, sí tenemos teléfono, y además estoy arreglando la cocina. Con lo que fui generando compré un freezer y el lavarropas. Todavía me falta hacer una habitación y poner la cerámica”, cuenta Carmen, quien gracias a Avanzar recibió diversas capacitaciones, clases para aprender cómo hacer un negocio y está empezando a pagar el monotributo social.

Su idea es seguir sacando créditos, mejorando su oferta y no moverse del rubro. Y quizá seguir con sus estudios. Terminó la primaria en Paraguay, pero acá nunca los retomó. “Mis hijos me dicen que nunca es tarde para estudiar. Cuando eran más chicos me preguntaban cosas y como no sabía responderles se me metió en la cabeza la idea de estudiar, pero me faltó voluntad. Porque acá tenés las posibilidades para salir adelante si querés”, dice Carmen, quien gracias al microcrédito tiene fluidez de dinero, es sustentable y tiene proyección de futuro.

“Me estoy animando a más. Creo que se puede salir adelante, con esfuerzo y todos juntos”, concluye Carmen.

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Después de que políticos, economistas e investigadores sociales rechazaran la no publicación del último informe semestral de pobreza por parte del Indec, las consultoras independientes señalaron que la pobreza real superaría hasta seis veces el último dato oficial correspondiente al primer semestre de 2013 (no sería del 5%, como se dijo en el último informe del Indec conocido, sino del 20 al 30,9%).

Lo que se busca es tapar a los que se caen del sistema, los que consiguen sobrevivir con lo poco que tienen, los que sienten que no se merecen algo mejor. “Ser pobre implica sufrir privaciones que limitan o impiden el desarrollo humano integral de las personas y de sus capacidades fundamentales. Entre las privaciones materiales se encuentran las necesidades de subsistencia, de hábitat y vivienda, de trabajo, de seguridad social, de educación. Entre las subjetivas, todo el resto de lo que tiene valor y no tiene precio: la integración social, la participación ciudadana, la libertad de poder desarrollar habilidades y tener una perspectiva de futuro y de sentido de la vida. Cuando se agrega la palabra estructural indica que dichas privaciones se sostienen en el tiempo y no se superan por diversos factores no sólo económicos, sino políticos, sociales, culturales. No alcanza con la igualdad de oportunidades para superar la pobreza estructural, ya que, bajo un sistema económico utilitarista e individualista que como dice el papa Francisco genera porciones de población sobrante, tanto en el pasado como hoy encontramos sectores de la población que nunca estuvieron incluidos en la lógica de dicho sistema”, sostiene Cristina Calvo, doctora en economía del comportamiento, especialista en desarrollo humano y ex coordinadora nacional de Cáritas Argentina.

Si bien se sabe que hay que trabajar de manera integral (desde el Estado, el sector empresario y el sector social) para que todos los argentinos puedan tener una vida digna, todos coinciden en que hay que empezar por la infancia, por salvar a los que todavía están a tiempo, por mostrarles caminos reales de cambio.

Para Ianina Tuñón, coordinadora del Barómetro de la Deuda Social de la Infancia del Observatorio de la Deuda Social Argentina (UCA), la experiencia de la pobreza en la infancia imprime marcas de difícil reversión que condicionan el desarrollo humano y social. “Justamente una de las particularidades de la pobreza infantil es su impacto estructural, y de carácter permanente en el desarrollo de capacidades y recursos humanos y sociales. La infancia es una ventana de oportunidad en la que los individuos desarrollan sus capacidades psíquicas, mentales, emocionales y de aprendizaje. En esos primeros años de vida la experiencia de la privación alimentaria, la exposición a un medio ambiente insalubre, y la carencia de estímulos emocionales adecuados y diversos comprometen el desarrollo cognitivo del niño, y en tal sentido limitan el ejercicio de otros tantos derechos humanos y sociales básicos para el desarrollo de su máximo potencial. Más tarde, durante la adolescencia, las privaciones materiales exponen a muchos chicos a la explotación económica o doméstica, al fracaso escolar, al padecimiento de enfermedades y accidentes, entre otros riesgos sociales”, dice Tuñón.

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Contrario a lo que señala la frase popular de que lo último que se pierde es la esperanza, en los contextos de pobreza, la esperanza es justamente lo primero que se abandona. Porque no conocen escenarios alternativos, porque no se sienten preparados para construir un futuro mejor, porque no se les abren las oportunidades para crecer, porque no reciben las herramientas necesarias para poder ser artífices de su destino, porque no pueden mirar más allá de las urgencias de su hoy.

“El día a día de la pobreza estructural marca el horizonte que tienen las personas y las familias. La pobreza estructural no permite planificar, el estar en situación muy crítica no da posibilidades de poder organizar el futuro. A las familias no les queda claro qué camino hay que seguir para salir de esa situación”, sostiene Arroyo.

En esta misma línea, diferentes estudios indican que las personas de niveles socioeconómicos desfavorecidos tienen tendencia a sentir que son más propensos a estar condicionados por factores externos, y no tener mucho control sobre la propia vida. Consecuentes con estos postulados, los datos analizados por el Observatorio de la Deuda Social de la UCA revelan que en menores condiciones socioeducativas y económicas los individuos triplican las creencias de control externo en comparación con los de estrato medio alto.

“La consecuencia de esta exclusión es un progresivo menoscabo en su dignidad. Pensemos que ser “excluido” no es vivir de un modo humilde sino “no poder elegir, no poder desarrollar lo que cada persona está llamada a ser y a hacer”. Muchos adolescentes y jóvenes, al tomar conciencia de su situación social “estigmatizada”, caen en la opción desesperada del suicidio. Asimismo, la reproducción intergeneracional de la pobreza no sólo daña los vínculos sociales y familiares sino que también agudiza la segregación socio-espacial y la polarización entre zonas ricas y zonas pobres”, explica Calvo.

Pero además, la especialista agrega otra variable que tiene que ver con un problema cultural, que reclama una nueva responsabilidad de toda la sociedad en su conjunto. “Si bien el pueblo argentino, por un lado, tiene una gran generosidad espontánea frente a catástrofes naturales o en colaborar con comedores, centros; por otro lado, con preocupación, se observa que una parte de la ciudadanía ya habla de la “naturalización de la desigualdad y de la pobreza”, como si hubiera que comenzar a considerarlas “un dato de la naturaleza”. El gran desafío cultural es precisamente debatir sobre qué concepciones estamos manejando acerca del valor de la vida y de la pertenencia a una comunidad”, señala.

La vida de Nancy Chapela no cambió de un día para el otro, pero todo se comenzó a gestar cuando la organización Pro Vivienda Social, puso pie en su barrio San Carlos, en Moreno. Pasó de empleada doméstica, a tener gas, mejorar su vivienda, capacitarse y hoy ser técnica de un fideicomiso y coordinadora de un grupo que busca instalar el gas en su barrio.

Pro Vivienda Social había comenzado a otorgar microcréditos para que los vecinos pudieran mejorar sus viviendas y después de trabajar una propuesta con Gas Natural, decidieron, en 2003, replicar un proyecto que ya había tenido éxito en otros barrios: instalar la red de gas, gracias a la articulación exitosa entre Estado provincial, empresa, ONG y la comunidad.

Para ese entonces, hacía 22 años que Nancy se desempeñaba como empleada doméstica en una vivienda en Capital Federal, por lo que todos los días se tomaba el tren porque trabajaba por horas. Cuando arrancó el proyecto que estableció la formación del fideicomiso “Unión por los vecinos”, Nancy se acomodaba los horarios para poder participar de la iniciativa. Tres años más tarde, sintió que su corazón estaba en este proyecto y que necesitaba estar más horas en el barrio, por lo que decidió cambiar de rubro y pasó a trabajar como técnica del fideicomiso.

El objetivo era hacer llegar la provisión de gas a las casas. Se armaron comisiones con los vecinos del barrio, en las que Nancy empezó a participar y recién en 2007 habilitaron el gas para 621 familias. Gas Natural hizo el apoyo técnico, pusieron la cañería troncal y aportaron el suministro de gas. Parte se financió con aportes del gobierno provincial y el resto lo pagaron los vecinos.

“Yo había sacado un par de créditos solidarios para terminar la cocina y mejorar mi casa y la fundación convocó a todos los que habíamos sido beneficiarios de un microcrédito para integrar el proyecto. Yo me puse la camiseta de que quería el gas y lo más difícil fue convencer al vecino de que el proyecto era viable. Por suerte tuvimos mucha capacitación de parte de la fundación”, cuenta Nancy, quien tiene la oficina del fideicomiso en el frente de su casa en donde vive con su marido, ya que sus 2 hijos están casados.

Como el resultado del proyecto fue tan positivo, los vecinos del barrio 25 de Mayo de Moreno se acercaron para replicarlo en su territorio y hoy Nancy es una de las coordinadoras de grupo. La obra de gas comienza a fin de año y ella se muestra muy entusiasmada. “Trabajo de lo que me gusta, estoy cerca de mi casa, puedo ayudar al barrio y a mejorarle la vida a la gente. Gas Natural nos capacitó en cómo hacer una conexión interna de gas, un croquis como si fuéramos matriculados. Ahora yo hago las visitas en el barrio”, dice Nancy, quien cuando supo que iba a tener gas, se empezó a ocupar de mejorar su vivienda para poder tener agua, arreglar la cocina y el baño.

“Antes me tenía que arreglar con dos garrafas por mes pero tenía que cuidar muchísimo su consumo. Y sino utilizaba la electricidad para calefaccionar. Ahora se usa mucho más el horno en la casa y la cocina en general. Se mejoró mucho la calidad de vida, tenemos agua caliente en el baño y la cocina, calefaccionás la casa y todo por el mismo precio que una garrafa. Todo esto hace que tengamos mucha mejor salud”, cuenta Nancy.

El fideicomiso dura 10 años y la cuota está incluida en la factura del gas. El crédito es familiar, las cuotas son fijas y en pesos, con el objetivo de ir pagando la instalación de manera financiada. “Si es en 10 años, son cuotas de cerca de $100, para hacer la red interna y externa. Este proyecto está pensado para que todos puedan pagar el gas”, sostiene Nancy, una persona que antes se definía como muy tímida y hoy se mueve con la soltura y la seguridad de una líder social.

“Ya conseguimos el gas pero todavía nos faltan las cloacas y el agua potable. Ese es nuestro próximo objetivo”, remata Nancy, con la esperanza y la voluntad intactas.

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Para Arroyo, la situación de las familias de bajos recursos se complicó más en los últimos años, en la medida en que el que consigue un trabajo informal con cierta continuidad, cuando vuelve al barrio gana menos que el que vende droga o está vinculado a otra actividad. “El problema central es que hoy el camino alternativo (el que vende droga) es más rentable económicamente y eso termina generando que muchos jóvenes se pregunten si no es por ahí que pasa la cosa. Hay un nuevo sujeto social en el barrio que es el que vende droga y hoy, está mejor económicamente”, sostiene, a la vez que agrega que las posibilidades de crecimiento están muy complicadas porque el trabajo al que pueden acceder los más pobres es absolutamente precario. “Aún así, la mayoría de las personas en los barrios buscan la forma de salir adelante. Todos están convencidos de que la cosa pasa por el estudio y el trabajo y por eso la mayoría de los jóvenes buscan encontrarle la vuelta (la cantidad de alumnos que tienen las nuevas universidades del conurbano son una muestra de ello), el problema es que muy seguido se baja los brazos por no poder avanzar”.

Este es el caso de Agustina Pírez, de 21 años, que mientras estaba cursando el último año de la Escuela Media N° 9 de Fátima, en Pilar, conoció a la Fondation Forge, gracias a la cual consiguió su primer empleo.

“Fuimos con mi mamá a una charla abierta para conocer lo que hacía la fundación y esa misma tarde me inscribí. Unos días después, me llamaron para avisarme que había quedado seleccionada, tuvimos una charla grupal y después una individual. Me anoté para hacer un curso de auxiliar de logística durante ese año. Cursaba dos veces por semana en Pilar después del colegio. Me venía en colectivo mientras comía un sanguchito”, recuerda Agustina, quien hace un año vive con su novio en Fátima.

En las clases le enseñaban cómo comportarse en el ámbito laboral, cómo vestirse, cómo enfrentar una entrevista de trabajo. “Después tenés un año de tutorías en donde te reunís una vez por mes para contar cómo te está yendo con las entrevistas o el trabajo. Mi primer empleo fue en Falabella en Unicenter, mientras hacía el primer año de Contaduría en la Universidad del Salvador. Tuve que dejar porque no lo podía sostener. Renuncié al trabajo porque me daba inseguridad volver tan tarde a la noche. Empecé a trabajar como vendedora, después como bróker de seguros en Capital y ahora en el sector de contabilidad de la empresa Cookmaster, en Pilar. Además, decidí estudiar Psicología Social en San Isidro porque curso sólo los sábados de 10 a 17. Estoy muy contenta porque conseguí la meta de tener una carrera. Me queda un año para terminar”, cuenta entusiasmada Agustina.

Su mamá es ama de casa, su papá es peluquero y su padrastro hace fletes. Su mamá terminó el secundario pero no siguió los estudios y su papá tiene el primario completo pero no el secundario. “Por eso es tan importante para mí tener mi futuro armadito”, agrega esta joven que con su primer sueldo sacó a pasear y al cine a sus dos hermanos menores. Actualmente cobra $7800 por mes y paga $ 2100 de alquiler.

De su paso por la Fundation Forge, rescata que le sirvió para adquirir confianza en sí misma, a tener iniciativa, a destacarse, a ser una buena persona en el ámbito laboral pero también personal. “Ahora soy mucho más suelta y me sirvió mucho con mi familia para saber cómo poder ayudarlos. Te enseñan a manejarte con tu economía y tu sueldo. Mi mamá está re orgullosa porque dice que fue un salto muy grande, que maduré pero no dejé de ser yo. Ahora le dice a todo el mundo que “mi hija estudia y trabaja” y mis hermanos van al colegio con más ganas y la más grande segura que cuando sea grande quiere estudiar y trabajar para ser como yo”, cuenta Agustina, a la que en un futuro le gustaría trabajar con chicos y actualmente está ahorrando para poder comprarse un auto.

“Conozco chicos que viven en villas y que gracias a Forge mejoraron muchísimo su calidad de vida. Esta experiencia te cambia mucho el futuro y las expectativas. Es un cambio de panorama frente a la realidad de estudiar y trabajar. Ves que la solución a tus problemas es mucho más fácil de lo que creías. Te sirve para organizar tu futuro de una manera más organizada”, finaliza Agustina.

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Para los especialistas el panorama es claro: el único camino para lograr romper con el círculo de pobreza, es concentrar las políticas públicas en una educación de calidad y la inserción al mundo del trabajo.

“Las políticas públicas han intentado contener, transferir dinero y prestar servicios para los sectores más pobres. La Asignación Universal por Hijo, el Programa Conectar Igualdad, los programas del Ministerio de Trabajo como Más y Mejor Trabajo y la iniciativa del Plan Progresar sirven como una buena base para que los más pobres arranquen de un piso más alto pero no están generando condiciones para romper el círculo de la pobreza”, dice Arroyo.

En este sentido, resulta fundamental que todos los esfuerzos estén puestos en recuperar la cultura del trabajo, tan bastardeada en estos sectores acostumbrados a vivir de planes sociales. “Para ello es necesario también que, cuando nos referimos al “acceso a un empleo digno”, no consideremos solamente el trabajo como un medio para obtener recursos para vivir, sino al trabajo como parte constitutiva de la vida y, como tal, aportante a la realización de las personas”, dice Calvo.

Juan Carlos Lembo sufrió en carne propia lo que es no tener un trabajo, y en consecuencia, ir perdiendo todos los vestigios de comodidad. Pasó de vivir en Recoleta junto a su mujer y su hija, de tener dos propiedades, un negocio y un auto, a vivir 7 meses en la calle.

“Evidentemente terminar en la calle no es una elección sino que es una situación que uno no sabe manejar. Yo tuve algunos problemas familiares, hice malos negocios y terminé en la calle. Cuando me separé me fui a vivir al negocio hasta que me fundí y me desalojaron. Te da mucha vergüenza el tener que dar un montón de explicaciones entonces terminás no pidiendo ayuda. Llega un momento en el que uno quiere bajar los brazos. Es un frontón lo que te pasa por encima, sentís que no tenés ninguna posibilidad ni herramienta, y estás en un lugar sin saber cómo y por qué”, cuenta Juan Carlos, de 65 años, que un día de junio de 2013 se fue caminando con lo puesto, consiguió un cartón para usar de colchón, encontró un maxiquiosco que le sirvió de resguardo y así pasó su primera noche en la calle, casi sin dormir. Y empezó su derrotero.

“Conocí a los voluntarios de la Fundación Si en la placita que está al lado del hospital de Niños en la calle Paraguay cuando pasaban con las recorridas nocturnas. Me dieron una tarjetita para que viniera a concurrir a los grupos. Yo no tenía nada que perder pero tenía mucho pruritos porque hacía mucho que estaba en situación de calle y no tenía norte”, recuerda Juan Carlos, quien después pasó a dormir en un auto abandonado.

Cuando empezó a asistir a la Fundación Si empezaron a cambiar sus perspectivas de futuro. Participaba de los grupos de contención, las charlas, le consiguieron un trabajo y una pensión en donde poder vivir. “Te ayudan en todo lo que pueden, te escuchan, son pares. Podés hablar a calzón quitado y de lo que vos quieras. Estar en calle te va demoliendo y comiendo la autoestima, sentís que cada vez podés menos y cada vez te importan menos las cosas. Y no tenés un norte, y estás sin vida y estás vegetando, entonces capaz agarrás por el lado de la droga o el alcohol. Si no tenés las herramientas para recuperar la motivación es muy difícil. Para la gente en situación de calle es muy difícil salir adelante y que alguien te abra las puertas si no venís con un aval”, cuenta Juan Carlos, que está eternamente agradecido con la fundación.

Para él, lo peor de estar en situación de calle fue ver gente consumida por la droga y el alcohol, y no poder hacerles entender que tenían una posibilidad. Hoy, Juan Carlos, está trabajando en una casa de comida vegetariana de ayudante de cocina, vive en una pensión en Constitución, pero tiene ganas de seguir creciendo y por eso escucha ofertas. “No es fácil conseguir trabajo para una persona de mi edad. Y es duro porque te agarran los mieditos. Siempre estoy con la coyuntura y mi única preocupación es mi hija de 11 años. Entiendo que si yo estoy bien, ella va a estar mejor. Yo sólo quiero tener un trabajo estable y vivir lo más dignamente posible”, dice Juan Carlos, que rescata en la calle haber conocido a mucha más gente buena que mala en la calle.

“Se puede. No es fácil. Cuesta pero es gratificante sentir que estuve en el infierno y puedo estar en el purgatorio o el cielo. Yo recuperé la motivación, estoy en el buen camino y no estoy solo. Ese es mi capital. Saber que el otro te escucha y sos alguien”, concluye.

Fuente: La Nación